Hay promesas que se hacen en la infancia y quedan guardadas durante años, como una ilusión que parece lejana, hasta que un día alguien decide convertirlas en realidad. Lautaro Castro le había dicho a su abuelo que, cuando fuera grande, lo llevaría a recorrer el mundo. En aquel entonces soñaba con convertirse en futbolista y pensaba que esa sería la manera de cumplir su palabra. Su vida tomó otro rumbo, pero la promesa quedó intacta.
Cuando su abuelo, Juan José Castro Monnin, más conocido como Don Tata se acercaba a los 80 años, ese deseo tomó un sentido diferente. Su salud no atravesaba el mejor momento, caminaba apenas unas cuadras antes de tener que sentarse y dependía de una silla de ruedas para desplazarse en muchas situaciones.
También estaba desanimado. Y mientras buena parte de la familia temía que un viaje tan largo pudiera ponerlo en riesgo, su nieto sintió que había llegado el momento de llevarlo a Suiza, al destino que lo conectaría con sus raíces, sus historias familiares y del que tenía años hablando.

Así, con los temores a un lado y la convicción de que valía la pena intentarlo, los dos se embarcaron en una aventura que los llevó hasta Europa. Lo que empezó como un viaje para cumplir un sueño terminó convirtiéndose en una experiencia de transformación. Entre caminatas, paisajes desconocidos, conversaciones y encuentros con el pasado familiar, Don Tata comenzó a recuperar una energía que parecía haber quedado atrás.
De a poco dejó la silla de ruedas, llegó a caminar hasta ocho kilómetros por día y se animó a trotar e incluso a meterse al mar. Pero lo más importante no fueron los kilómetros recorridos o su cambio físico. Para Lautaro, fue volver a ver a su abuelo lleno de vida. Para Don Tata, significó recuperar libertad y descubrir que todavía tenía mucho por hacer. En una emocioante charla con GENTE, desde otro de sus viajes, esta vez en Brasil, ambos reconstruyen una aventura que todavía continúa.
“Es ahora o no va a ser”: la decisión de Lautaro de cumplirle el sueño a su abuelo
La idea no surgió de un día para el otro. Lautaro conocía el deseo de Don Tata de viajar a Suiza y reencontrarse con sus raíces familiares. Sin embargo, el paso del tiempo y el deterioro de su salud habían convertido aquella ilusión en algo cada vez más difícil de concretar. Veía que su abuelo no estaba bien anímicamente y que esa situación también repercutía en su cuerpo.
“En realidad era el momento porque a mí me pareció. ¿Vieron cuando los abuelos empiezan a cerrar, que lo mental se termina trasladando a lo físico? Y era un conjunto de las dos cosas —recuerda Lautaro—. Entonces yo siempre estoy con el tema de los viajes y digo: ‘Es el momento porque es ahora o no va a ser’. Y le digo: ‘Tata, vamos a probar. Vamos a intentar’”.
La propuesta implicaba un riesgo. La familia no estaba convencida de que Don Tata pudiera afrontar un recorrido como este, especialmente por sus problemas de movilidad y su estado general de salud. Lautaro, sin embargo, no tomó esas preocupaciones a la ligera. Entendía los temores, pero también sentía que postergar el viaje podía significar renunciar para siempre a una oportunidad que su abuelo esperaba desde hacía años.
“Nos fuimos con todo el mundo en contra porque no estaba bien de salud, no estaba bien anímicamente y aparece el nieto a decir: 'Nos vamos a la otra punta del mundo’. Yo entiendo que era arriesgado, pero mejor intentarlo”, cuenta aún entusiasmado.

Don Tata, por su parte, no dudó cuando recibió la invitación. Había una historia detrás de esa propuesta: una promesa que Lautaro le había hecho cuando era chico, cuando imaginaba que su futuro como futbolista le permitiría llevarlo a conocer distintos lugares. “Nunca lo puse en duda, porque él me lo prometía de chico. Me decía que se iba a destacar en otras ramas de la vida y que me iba a llevar a recorrer el mundo”, recuerda el abuelo.
Lautaro también se acuerda de aquellas conversaciones. De chico le decía que, cuando fuera grande, lo llevaría de paseo. Pero con los años descubrió que, incluso sin haber cumplido aquel sueño de convertirse en futbolista, había encontrado una manera de estar mucho más cerca de él. “Si yo hubiese sido futbolista lo hubiese podido llevar a pasear, pero no como lo estamos haciendo ahora, porque yo no podría estar con él, tendría que estar concentrado, entonces no se iba a poder”, reflexiona.
La posibilidad de compartir cada momento, sin obligaciones que los separaran, terminó siendo uno de los grandes regalos del viaje. Como resume Don Tata: “Ahora estamos compartiendo todo los viajes, las conversaciones, el sueño, lo que conocemos, lo compartimos todo y hablamos y estamos de acuerdo, ¿no? Felizmente”, dice mirándolo con orgullo.
De necesitar una silla de ruedas a caminar ocho kilómetros por día
Antes de partir, Don Tata tenía dificultades para caminar incluso distancias cortas. Una o dos cuadras podían ser suficientes para que tuviera que detenerse. Le faltaba el aire y sentía dolores en la cadera y las piernas. Por eso, lo que sucedió durante el recorrido europeo sorprendió incluso a quienes más lo conocían.
Lautaro cuenta que la transformación no ocurrió de golpe ni formaba parte de una expectativa previa. Fue algo que comenzó a notar mientras avanzaban por los distintos destinos, cuando el entusiasmo de su abuelo parecía darle un impulso nuevo.
“Fue un proceso que nadie esperaba porque él caminaba ya una, dos cuadras y se tenía que sentar, se agitaba, le faltaba el aire y la cadera y todo, le dolía la cadera, las piernas. De a poquito fui viendo que él agarraba luz, agarraba vida, entonces fue todo paulatino —relata—. Es más, si nosotros lo hubiésemos pensado jamás hubiésemos esperado tanto. Nos sorprendió a todos”.

En Suiza y en las costas del Mediterráneo, Don Tata empezó a caminar cada vez más. Lo que al principio parecía una dificultad insalvable se convirtió en un desafío cotidiano. Llegó a recorrer hasta ocho kilómetros por jornada y se animó a hacer actividades que antes parecían impensadas, como trotar y nadar en el mar.
El cambio también se reflejó en su cuerpo. Durante el viaje perdió peso y, al regresar a Uruguay, comenzó a incorporar nuevos hábitos para sostener lo que había conseguido. Pero Lautaro insiste en que la transformación no se explica solamente por la decisión de llevarlo a Europa.
“Una cosa es cambiar los hábitos cuando uno es más joven y otra cosa es a los 80 años. Es más difícil. Es por eso que yo le valoro la fuerza de voluntad y las ganas y por eso los resultados, porque no es solo que yo quiera que él esté bien, es que él está pudiendo estar bien por las ganas que le está metiendo. Eso es lo más importante”, sostiene.
Para el nieto, la clave fue acompañarlo y ayudarlo a encontrar una motivación, sin perder de vista que el esfuerzo también debía ser de su abuelo. El viaje fue el comienzo de un proceso que después continuó con actividad física, cuidados en la alimentación y nuevos objetivos.

Don Tata lo resume desde su propia experiencia: “Soy otro totalmente distinto. Pienso igual, tengo la misma formación de la cual no estoy arrepentido. Y lo que me siento es más libre, más liberado, con menos peso, con más agilidad. Hago cosas con mi cuerpo que me va a dejar que yo las haga”.
La aventura en Ginebra: dos horas de desesperación y un abrazo inolvidable
Entre los recuerdos que les dejó Europa, hay una anécdota que todavía los hace reír. Hubo imprevistos, nervios y una situación que, durante un rato, convirtió las calles de Ginebra en el escenario de una búsqueda desesperada.
Todo comenzó cuando Lautaro perdió de vista a su abuelo. Don Tata había entrado a un supermercado para comprar agua mineral y, en medio de un establecimiento de varios pisos, se separaron. Lo que para el abuelo fue una pequeña desorientación, para el nieto se convirtió en una situación angustiante. “Yo me puse nervioso, lo siguiente, porque digo: ‘No te me perdiste nunca en España porque era en tu idioma y te me perdés en Suiza’”, recuerda el joven entre risas.
La desesperación fue tal que llamó a su padre para contarle lo que estaba pasando. “¿Y podés creer que yo iba a llamar a la Policía? Llamé a mi papá y le digo: ‘Papá, se me perdió Tata’. Y me responde: ‘¿Cómo que se te perdió?’. ‘Sí, se me perdió’”.

Mientras tanto, Don Tata intentaba encontrar la salida del supermercado. No dominaba el inglés, pero consiguió hacerse entender con unas pocas palabras que recordaba de sus años de estudio. Según cuenta, una empleada lo miró mientras él trataba de explicarle lo que necesitaba. La respuesta le permitió entender por dónde salir. Así pudo abandonar el lugar y regresar a la calle, mientras Lautaro seguía sin saber dónde estaba su abuelo.
Cuando finalmente se reencontraron, el alivio fue inmenso. Para Don Tata, el abrazo de su nieto quedó grabado como uno de los momentos más intensos de la aventura. “El abrazo que me dio mi nieto en ese momento, como que yo hubiera nacido de nuevo... ¡y yo andaba lo más bien!”, cuenta con humor y nostalgia.
El reencuentro con sus raíces: los documentos familiares y las tumbas de sus antepasados
Para Don Tata, Suiza no era simplemente un destino turístico. Era el lugar del que había escuchado hablar durante años, una tierra ligada a la historia de su familia y a los recuerdos que circulaban en las conversaciones de los domingos.
En su casa, después del almuerzo, los relatos familiares pasaban de una generación a otra. Entre aquellas historias estaban las de sus antepasados, sus costumbres y la manera en que habían aprendido a trabajar. Creció con esas referencias, pero nunca había tenido la oportunidad de conocer personalmente los lugares que formaban parte de esa memoria.
Por eso, llegar a Suiza tuvo un significado que iba mucho más allá de contemplar sus paisajes. Junto a su nieto, pudo acceder a documentos históricos de la familia: encontraron libros antiguos, escritos a pluma y tinta, que guardaban registros de generaciones anteriores. “Del año 1800 y algo encontré la mamá de mi abuelo, 1830”, relata Don Tata, al recordar el momento en que pudo reconocer parte de su historia familiar en aquellos registros.
El recorrido también los llevó hasta una iglesia junto a la cual estaban las tumbas de sus antepasados. Eran personas a las que nunca había conocido, pero que de alguna manera habían estado presentes durante toda su vida a través de las historias que escuchaba en su casa. “Al lado de la iglesia estaban las tumbas y ahí estaban las tumbas de mis antepasados, gente que yo no conocí. Entonces fue una emoción, fue como decir una cuenta saldada”, cuenta.

Lautaro lo escuchaba hablar de aquellas tradiciones y, al llegar a Suiza, pudo ver cómo muchas de las cosas que su abuelo recordaba tenían su correlato en el lugar de origen de su familia. La forma de trabajar la tierra, el orden y ciertas costumbres que habían pasado de generación en generación dejaron de ser solamente relatos para convertirse en imágenes concretas.
Don Tata también recordó lo que había aprendido de sus propios abuelos. Esos conocimientos formaban parte de una herencia que no estaba escrita únicamente en los documentos, sino también en las habilidades, los hábitos y la manera de entender la vida. “Yo aprendí a hacer muchas cosas en madera, en hierro, a soldar como se hacía antes, que caldeaban. Yo hasta ahora lo sé hacer de mis abuelos”.
El regreso a Uruguay: gimnasio, natación y una nueva forma de vivir
La aventura no terminó cuando regresaron de Europa. Para Lautaro, uno de los mayores desafíos era que los cambios que Don Tata había experimentado durante el viaje no quedaran asociados solamente a esos días fuera de casa. La idea era aprovechar el impulso para sostener nuevos hábitos y seguir trabajando en su bienestar.
Así comenzaron a ir al gimnasio, a prestar más atención a la alimentación y a incorporar otras actividades físicas. Don Tata, que había llegado a Europa con grandes dificultades para caminar, empezó a entrenar varias veces por semana. También se propuso aprender a nadar mejor. “Quiero aprender a nadar bien”, dice muy convencido el abuelo.
El joven destaca que el acompañamiento a las personas mayores no debería limitarse a visitarlas o compartir un rato con ellas. También considera importante ayudarlas a mantener su independencia y encontrar actividades que les permitan mejorar su calidad de vida.

“Él ahora estira, estamos yendo al gimnasio... y me parece el mensaje que nos gustaría dejar, que a los adultos mayores no solo hay que acompañarlos y compartir con ellos, ya que puede ser el último tiempo que uno tiene para estar con ellos, sino ayudarlos con el ejercicio físico —explica—. El ejercicio físico con peso es salud y es independencia para ellos”.
Los nuevos hábitos empezaron a formar parte de una vida que recuperó el movimiento y la curiosidad. Don Tata también continuó viajando. Después de Europa, conoció la nieve en Mendoza, a unos 3.000 metros de altura, y llegó a Brasil para reencontrarse con familiares.
Lautaro cuenta esas nuevas experiencias con el entusiasmo de quien sabe que todavía hay muchos lugares por conocer. Y aunque reconoce que el camino requiere esfuerzo, ya no piensa en su abuelo desde las limitaciones que tenía antes de partir, sino desde todo lo que todavía pueden hacer juntos.
“Soy un nieto común”: el mensaje de Lautaro para otras familias
Cuando se le pregunta qué quisiera que otras personas se lleven de esta historia, Lautaro intenta correr el foco de su propia decisión. No quiere que el viaje quede como una hazaña extraordinaria protagonizada por un nieto excepcional, sino como una muestra de lo que puede suceder cuando alguien presta atención a las necesidades, los deseos y las posibilidades de una persona mayor.
“Soy un nieto común que lo único que hizo fue prestarle atención al abuelo para que él intentara estar mejor. Y eso lo puede hacer todo el mundo. Todas las personas pueden hacer esto”, sostiene.
Su mensaje no apunta solamente a animarse a viajar. Habla de acompañar, de compartir tiempo y de ayudar a que los adultos mayores encuentren nuevas motivaciones, siempre con los cuidados necesarios y respetando sus posibilidades. “Si el Tata pudo con casi 80 años y más de 130 kilos, una persona que esté en mejor estado de comienzo lo puede hacer. Esto es algo que lo puede hacer todo el mundo”, insiste.

Don Tata también tiene algo para decirles a quienes tienen la posibilidad de compartir la vida con sus abuelos o sus nietos. Tiene una familia numerosa, con 11 nietos de distintas edades. Cuenta que hoy puede agacharse con mayor facilidad, jugar en el suelo con los más chicos y compartir momentos que antes le resultaban más difíciles físicamente.
Su deseo es seguir estando presente en la vida de todos ellos, disfrutar de su compañía y hacer cosas juntos. Porque, más allá de los viajes y de los cambios físicos, la posibilidad de compartir tiempo con su familia es una de las cosas que más valora.
“Yo ya tengo la felicidad. Tengo 11 de estos (nietos), más chiquitos y más grandes”, dice. Y enseguida deja una reflexión que atraviesa toda la historia: “Pero el que los tenga y no los disfrute o al revés, viceversa, que los nietos tengan los abuelos y nunca haya tiempo para ir a verlo, ni para sacarlo a pasear, ni para ir a ver un partido de fútbol, en algún momento de la vida se van a arrepentir porque cuando quieran hacerlo ya no van a estar”.
Lautaro conoce bien esa sensación de postergar un encuentro porque hay trabajo, cansancio o responsabilidades que parecen más urgentes. Por eso insiste en que el tiempo que para una persona puede parecer un día cualquiera, para otra puede significar mucho más. “Capaz que para nosotros es un martes, pero capaz que para ellos es el le hacés la semana o capaz que cuando quieras ir el miércoles está”, explica. Don Tata completa la frase con una sencillez que vuelve todavía más profunda la idea: “Ya es tarde”.
El próximo sueño de Lautaro y Don Tata: viajar juntos a Japón
Aunque ya recorrieron Europa, conocieron la nieve y están disfrutando de Brasil, Lautaro y Don Tata no tienen intención de detenerse. Los viajes se convirtieron en una parte central de su vínculo y en una motivación para seguir entrenando y cuidándose.
El próximo gran objetivo de Lautaro es Japón, un país que conoce desde hace años y cuya cultura lo apasiona. Estudia japonés desde chico y viaja allí todos los años. Por eso, mostrarle ese mundo a su abuelo sería un sueño personal que todavía quiere cumplir. “Les puedo decir cuál es el objetivo final. No para dejar de viajar, sino que es el objetivo al que nos encantaría llegar con él en su mejor versión posible física y mentalmente, que es Japón”, cuenta con ilusión.

El joven sabe que el destino implica un desafío físico: caminar mucho, recorrer calles y subir escaleras. Por eso, lejos de pensar en el viaje como una meta inmediata, lo imagina como otro motivo para que Don Tata continúe entrenando y gane fuerza y autonomía. “Yo te quiero ver en la montaña ahí japonesa. Mirá que nos falta entrenar, hay que seguirle metiendo”, lo alienta, durante la charla.
Don Tata responde con el humor y la confianza de quien ya demostró que todavía puede sorprenderse a sí mismo: “Mirá que yo ando en bicicleta todavía”.
El diálogo termina entre risas y con una promesa renovada. “Así que bueno, Tata, vamos a seguir tirando máquina”, le dice Lautaro. El abuelo repite la frase, como si ambos supieran que el viaje no se termina en un aeropuerto ni en un destino marcado en el mapa.























































